martes, 23 de diciembre de 2008

LOGOFILIA

La fijación con la ciencia de la lógica, eso místico que desde el punto de vista analítico es despreciable por no ser fuente de conocimiento, genera una predisposición hacia el razonamiento, sus clases y su validez. Llamémosla obsesión por la lógica. Planteemos el problema moral: ¿Es saludable? Yo más bien diría que es increíble.
La logofilia es la valoración extrema que se hace de la lógica. En algunos casos significa gusto por leer. Pero esto es solo una consecuencia del gusto por el simbolismo.
La riqueza de esta actitud descansa en la posibilidad de acceder el mundo de lo racional por medio de un portador de isomorfismos. Cuando especulas en torno a temas lógicos haces esfuerzos metalógicos para entender eso que constituye el centro de nuestro pensamiento. Entras y sales, mezclas y repartes luego vuelves y finalmente desempaquetas. Es como mantener una empresa capitalista: el interés genera más dinero.
Pensar es un proceso sicológico, depende de una estructura cerebral previa. Sabemos que sin cerebro no hay mente. Pero podría existir una mente sin cuerpo. Debemos pensar en la existencia de un concepto puro que sustente nuestras elucubraciones para que la lógica se independice de la realidad material. Estamos saliendo de lo real. No nos sintamos menos humanos. Nos gusta pensar así: nada es verdadero, ni real, ni existente. Todas las relaciones sociales son vínculos tan frágiles como lanas que sostienen títeres de trapo.
Este espacio y este tiempo que moldea nuestra realidad no es indispensable. ¿Cómo? El mundo es una cara de la gran esfera geométrica que forman redes internas. La nada es la que prima: todo proviene de la nada. ¿Qué es eso de “nada”? Es un elemento del conjunto de lo que existe. Nuestro espacio y tiempo inentendibles parecen entendibles pero esa apariencia es señal de su irrealidad. Es una sensación de miedo ante la tecnología; pero la palabra no es miedo. Es algo así como desconocimiento de uno mismo. Esta sospecha es básica si se quiere ser PROGRESISTA.
Dejémonos de metáforas. La realidad no es transferible a una realidad, permanece solitaria y aislada. La verdad no es una propiedad que relaciona semejanzas. Ante esta fría ontología, frente a la utopía de falsedad de todo lo vinculable la logofilia llega al rescate para proporcionar una virtud, la virtud de la búsqueda de la claridad.
El ser está echado. Pero la idea, modelo o pretensión de esclarecimiento, dilucidación y desmenuzamiento se levanta construyendo con su único ladrillo: el no-ser, la nada, lo que no existe. ¿De donde salí yo? ¿De donde salimos todos? ¿De donde salió todo? Manifiesto mi deseo por propagar una ideología que haga del gusto por la lógica una virtud. En un mundo falso, estar atento a la manera de razonar es un recurso que solo forma parte de la mente del que tiene una sospecha: que la magia es posible, que podemos manipular la realidad con la mente, que todo lo que vemos es real pero nunca existió. Trascender nos hace respirar aires tóxicos: de ahora en adelante no se va a vivir como si hubieran algunos presupuestos, todo se pondrá en duda pero no se llegará a una ÚNICA CERTEZA. Realmente las palabras son muy generosas, como las piedras, las heces, los muertos. Más que la vida la muerte es el alimento vital.